miércoles, septiembre 10, 2008

Atado de pies y manos

Mientras todo esto ocurre, no muy lejos de allí se está llevando a cabo un interrogatorio mucho menos amable. Vicente, atado de pies y manos a una silla, con un ojo a la funerala y el escozor de varios cigarrillos apagados en su cara, aguarda la siguiente pregunta o el próximo golpe.


Ella plantea las cuestiones con la dureza de su acento eslavo, apoyando con el frío de su mirada azul. El solamente golpea, retuerce, quema, desgarra, con metódica destreza. Se toma su tiempo, muestra sus armas, y deja que el tiempo instale el terror en el ánimo de su prisionero.

Vicente permanece mudo, aterrorizado, impotente. Su mutismo no sólo se debe a la obligada lealtad hacia su amigo, también al desconocimiento de muchos de los hechos. Tal vez ese hombre no sea en realidad un eslabón de la cadena que conduce a su víctima, empieza a sospechar Natacha; pero Sergei seguirá confiando en el milagroso poder de sus puños para desatascar los silencios más pertinaces.

Así que todo sigue bajo el mismo patrón establecido durante la siguiente sesión, aunque ella disminuye su seguridad a medida que él incrementa el sadismo de la tortura. Son dos formas de expresar una impotencia, que Vicente sabría identificar si no estuviera a punto de desmayarse.

El último directo a la mandíbula le arranca a Vicente dos muelas y vuelca la silla a la que permanece atado, quedándose inerte en el suelo sobre el charco de su propia sangre.

jueves, julio 24, 2008

Largo de contar


Ahora es Marisa quien se detiene, piensa: ¿Es posible que esté hablando del mismo Ramón? Un estremecimiento le recorre la espina dorsal, los recuerdos duelen. A pesar de todo, Marta le resulta simpática, y siente un deseo intenso de ayudarle en su búsqueda, pero sabe que eso podría ser muy peligroso para su amigo. Por un instante casi cae en la tentación de contarle todo lo que sabe, pero finalmente vence su lado práctico, profesional, frío. Aún así decide tranquilizarla.


- Me temo que no te puedo ayudar mucho, Marta - le dice en tono cariñoso. Ramón no está en Madrid, y yo ni siquiera sé donde está, aunque me consta que está bien. ¿Sabes lo que es un testigo protegido?

- Si, más o menos, pero yo creía que aquí no existía eso, que era algo propio de películas americanas.

- No se le da publicidad, como es lógico, pero existen unos cuantos, y Ramón es uno de ellos. Ahora vive en otro país, con otra identidad, y solamente una persona conoce su paradero. Aunque quisiera, no podría averiguarlo.

- Pero, ¿por qué? ¿qué hizo? ¿en que lío se metió?

- Uf, es largo de contar, resuella Marisa. Resumiendo, se encaprichó de alguien que no le convenía, una pesona involucrada en una oscura historia de espionaje y crímenes.

Marta tuerce el gesto, apoya en su mano el peso de la cabeza y comprime la mandíbula. Es la forma que tiene de morderse la lengua. La explicación de Marisa le ha parecido escasa y poco convincente, y le tiene algo irritada pues piensa que la mujer no le ha dicho todo lo que sabe, y ella ha hecho muchos kilómetros para tan poca cosa. Intentará sacarle más información, aunque es consciente de que no va a resultar fácil.

- Marisa, dime una cosa: Si no sabes donde está Ramón, ¿cómo sabes que está bien?


sábado, mayo 31, 2008

El cofre de su pensamiento


Y entonces Marta se detiene, medita. ¿Por qué tiene que contarle a aquella desconocida lo que guarda dentro de su corazón? ¿Qué puede perder con ello? Baraja esas dos opciones rápidamente y decide: se va a sincerar.
Una vez roto el silencio, violado el cerrojo del cofre de su intimidad, las palabras salen con fluidez, como si sus pensamientos hubieran estado largo tiempo esperando escapar del laberinto de su cerebro materializándose en forma de ondas acústicas efímeras y fugaces.


"Es difícil de explicar. Hubo un tiempo que intenté alejar a Ramón de mis pensamientos, de mi vida, como si él no hubiera pasado por ella nunca. Me pesaba la indiferencia de los últimos tiempos, la falta de comunicación, la ausencia total de cariño.

Tuve alguna aventura, escarceos que nunca llegaron a convertirse en algo serio. No deseaba implicarme con nadie, y terminaba antes de que nada pudiera empezar. Así pasaban los días, y mi objetivo de eliminar a Ramón de mi mente se iba cumpliendo, pero con su recuerdo iba muriendo también el rencor, ese escondido sentimiento que en el fondo tenía, aunque deseara negármelo. Esa lenta asimilación de la ruptura, pues en el fondo no era otra cosa, trajo la paz a mi espíritu, y durante unos meses fui feliz. Estaba sola, pero feliz.

Un día salí con compañeros de trabajo. Era una cena de empresa, ya sabes. Bebimos un poco, y yo me puse melancólica. Sin saber cómo, enmedio de una canción, Ramón volvió, y sentí pena. Por primera vez en mucho tiempo le eché de menos.

Durante unos días, luché contra la tentación de llamarlo. Mejor dejarlo todo como está, pensaba. El ya no querrá saber nada más de mí, me decía. Supongo que temía encontrarme de nuevo con su indiferencia, o con su rechazo. No sabía si mi autoestima podría soportarlo.

Pero, al final, no pude resistir: cogí el teléfono y llamé. No hubo respuesta. Le envié un e-mail. Tampoco. Y entonces empecé a preocuparme. Pedí unos días de vacaciones, hice las maletas, y aquí me tienes."


domingo, mayo 11, 2008

Mano a mano


Cambiamos de escenario. No importa demasiado como han llegado hasta el apartamento de Marisa, pero el caso es que están allí, solas, sin más testigos que el aire denso que llena la sala.
En los preámbulos de la conversación se estudian disimuladamente; tratan de detectar en sus gestos muestras de desconfianza, de temor, o de predisposición a la mentira. Marisa intenta aligerar la tensión con un café, con una sonrisa; y durante un tiempo muy breve mantienen una conversación banal, pero tras los primeros sorbos, Marta comienza la charla trascendente.
- Marisa, ¿de qué me conoces? -pregunta Marta con la ansiedad en los ojos.
- Realmente de nada, Marta. -contesta Marisa sin pensarlo apenas. Ramón me habló de ti hace tiempo, y por una extraña intuición pensé que la persona que lo buscaba podías ser tú.
- ¿Ramón hablaba de mí? ¿Qué te contó? - preguntó Marta algo perpleja.
- Sí, hablaba de ti. Cuando yo lo conocí no hacía mucho que lo habíais dejado. El sentía ciertos remordimientos por la forma tan brusca que tuvo de despedirse, y además, aunque no lo creas, tardó cierto tiempo en asimilar vuestra ruptura. No fue fácil para él.
- Pues te diré una cosa. Visto con el tiempo no fue una mala forma de terminar. Los dos sabíamos que ya no existía nada entre nosotros, que lo mejor era dejarlo. Lo que menos necesitábamos era una larga sesión de explicaciones y reproches.
- Entonces... ¿por qué estás aquí?

martes, marzo 25, 2008

Persecución


Marta se asió fírmemente al asiento trasero, bien segura de sí misma. No se había parado a pensar para qué empezaba esa loca persecución. No tenía tiempo. Era hora de tomar decisiones firmes, sin plantear los porqués, dejándose llevar por la intuición.

Su aparente seguridad se tambaleó al mismo tiempo que su cuerpo con los primeros acelerones y giros bruscos del coche, pero entonces tampoco podía pensar. Bastante tenía con aguantar las arcadas que le sacudían esófago arriba, esófago abajo.

Todo fue relativamente bien hasta la M-30. Allí se impuso la velocidad punta del Mercedes negro, que poco a poco fue sacando unos importantes metros de ventaja. Un camión adelantando los bloqueó unos segundos decisivos, y perdieron definitivamente la silueta del coche.

El taxista, desvió su automóvil por la primera salida y paró en el arcén.

- ¡Mierda! Se nos han escapado los hijos de puta, exclamó golpeando el volante con ambas manos.

- ¡Puagggg!, se escuchó desde atrás, mientras Marta echaba la pota junto a la puerta.

En esos trances estaban cuando otro coche negro con cristales tintados paraba delante de ellos, cortándoles la salida.

Todavía agachada, con la cabeza sujeta con ambas manos, Marta vio una sombra femenina sobre los restos de su vomitera. Su mirada desenfocada por las lágrimas tardó en distinguir la figura, pero antes la voz cálida de la mujer se dirigió a ella con desacostumbrada familiaridad.

- Tú debes ser Marta, ¿no? ¿Te encuentras bien?

Ella dijo sí con la cabeza, incorporándose, con un interrogante en la mirada, pero la mujer se anticipó a la probable pregunta.

- Mi nombre es Marisa.