martes, febrero 03, 2009

Para despejarme


Digamos que había ido a dar una vuelta para despejarse. Algo parecido declarará posteriormente Manuel Escámez, conductor de autobús retirado, delante del agente que le interrogará con cara de no creerse nada.

La excusa ni colará ante el policía, ni se lo tragaría su difunta de habérselo contado en vida, pero a lo mejor es ella, o su ausencia, la que había conducido a aquel jubilado por los alrededores de la Casa de Campo a esas horas de la noche.

¿Qué andaba buscando Manuel Escámez aquella noche en aquel paraje?

Buscaba, probablemente, unos ojos emergentes de una oscuridad espesa, unas curvas excesivas, desafiantes, al borde del camino, unos labios carnosos, una lengua experta, despertando su sexo dormido a un precio acorde con su pensión mínima.

No tuvo tiempo de encontrar nada de eso, pues un bulto extraño le llamó la atención desde la cuneta. Al acercarse y ver aquella figura ensangrentada y deforme, saltó al coche y tuvo ganas de arrancarlo y salir corriendo, pero su conciencia no le dejó girar la llave del todo.

Volvió a bajar, malhumorado y consciente del marrón en el que se metía, marcó en el teléfono móvil el número de la policía, y se acercó al cuerpo para ver si sentía el pulso.

Mientras daba el parte al telefonista de turno, iba pensando si esa noche ralmente necesitaba despejarse o simplemente se le había hecho tarde remando en el estanque.

-.-


miércoles, enero 21, 2009

Si te contara


Marisa tarda en responder. ¿Sabe realmente si Ramón está bien? Repasa rápidamente el tiempo que no sabe de él, y es mucho. No conoce su paradero, y ese pequeño ventanuco por el que se comunicaban hace tiempo, el blog de Ramón, permanece opaco a cualquier tipo de intercambio. ¿Y si le hubiera ocurrido algo? ¿Se enteraría ella? Finge que sí.

- Marta, si le hubiera pasado algo ya me habría enterado. Por su seguridad, cuanto menos sepa de él es mejor. Y, créeme, me interesa que nada malo le ocurra.

- Ya imagino -dice Marta- pero, en todo este tiempo ¿no has sabido nada de él?


Nuevamente, Marisa duda. La pregunta es directa y no admite muchos rodeos. Tiene que decidir si miente a la joven, o si le va a contar toda la verdad. Admitir que ha tenido algún contacto con Ramón provocaría nuevas preguntas. Ahora, dentro de su interior luchan, por una parte la espía, y por otra la mujer. La primera se inclina por proteger la operación y seguir cobijando a Ramón bajo su manto protector, la segunda no puede dejar de sentir simpatía y solidaridad por la búsqueda imposible de Marta, por su absurda tentación.

Mientras Marisa medita la respuesta, la mirada suplicante de su interlocutora le está torturando. Marta se ha quedado quieta, mirándola fijamente, pero su rostro no refleja exigencia alguna, sino más bien una angustia.que no puede dejar indiferente a nadie, que revela un desasosiego interno difícil de controlar. La respuesta urge, y más si cabe cuando el interrogante se mantiene suspendido, expectante, en la cara de la joven; el tiempo de meditación agoniza con los granos de un reloj de arena imaginario. Marisa, finalmente dice que sí, cuando su cuenta atrás ficticia termina, sin saber muy bien qué está diciendo.

- -duda Marisa- Sí. He sabido de él, pero...

- ¿Le ha pasado algo? -pregunta Marta, confusa-

- No, no es eso. Verás... No sé cómo contarte ésto. Me tienes que prometer que no dirás nada a nadie. ¿Puedo confiar en ti?

- Claro, la duda ofende -contesta Marta, sin pestañear-

- Yo no tengo permiso para contactar con Ramón. Su única forma de relacionarse con el exterior, con su antigua vida, es un apartado postal, cuya dirección solamente conocen un par de personas. Debe utilizarse solamente en caso de gravedad, no para comunicaciones habituales. El objetivo de la protección de testigos es que el protegido comience una nueva vida rompiendo todos los lazos con la anterior. Se trata de volver a nacer.
Así debió ser con Ramón, sin embargo... nosotros encontramos una forma de burlar el protocolo, una vía de escape clandestina para comunicarnos sin aprobación de mis superiores. Antes de contártela, espero que entiendas que me juego algo más que mi puesto de trabajo si se descubre todo.


- No te preocupes. Por mí nadie sabrá nada.

- No debería contarte ésto, es peligroso, pero te has implicado ya tanto que sería injusto dejarte así. Espero que seas discreta y prudente. La gente que está detrás de ésto no se para con chiquitas, y se lanzará sobre nosotros en cuanto sospeche que sabemos algo.

- Pero, entonces... ¿sabes dónde está? -pregunta Marta ilusionada-

- No. No lo sé. Realmente no tengo ni idea, y ni siquiera puedo asegurarte que esté bien. Hace mucho que no tengo noticias de él, realmente, pero no creo que le pase nada.

- Entonces...

- No seas impaciente. Ahora te cuento. Todo esto te va a parecer una tontería, una chiquillada, pero durante un tiempo esa chiquillada funcionó. Ramón tenía un blog, una página personal donde escribía. Era una especie de diario personal donde escribía para desahogarse. Antes de irme me dio su dirección, y durante un tiempo mantuvimos el contacto. Después, se cansó de escribir. Ahora ya hace un tiempo que no sé nada de él.

- ¡Vaya sorpresa! Nunca hubiera imaginado que Ramón tuviera algo así.. Ni siquiera sabía que le gustaba escribir. ¿Me puedes dar su dirección?

- Imaginaba que lo pedirías, y no te hubiera contado nada si no estuviera dispuesta a dártela, pero, por favor, no me lo transtornes mucho. Interesa, mal que me pese, que esté como está, calladito.

- No temas, no abusaré.

- Eso espero. La dirección es: http://diarivirtual.spaces. live.com Y ahora, tengo que pedirte una cosa.

- Dime.

- Si sabes algo de él, algo importante, ya sabes, cuéntamelo, por favor. Pero no utilices el teléfono. Ni siquiera el mío es seguro. Te daré un apartado postal de la embajada. Escríbeme ahí, a mi nombre, pero utiliza un seudónimo, un nombre falso. Puedes llamarte Sonia García López, por ejemplo.

- De acuerdo. Así lo haré. ¿Te puedo preguntar algo más?

- Depende de lo que sea -dijo Marisa ya cansada-

- ¿Tú le querías?

-.-



miércoles, septiembre 10, 2008

Atado de pies y manos

Mientras todo esto ocurre, no muy lejos de allí se está llevando a cabo un interrogatorio mucho menos amable. Vicente, atado de pies y manos a una silla, con un ojo a la funerala y el escozor de varios cigarrillos apagados en su cara, aguarda la siguiente pregunta o el próximo golpe.


Ella plantea las cuestiones con la dureza de su acento eslavo, apoyando con el frío de su mirada azul. El solamente golpea, retuerce, quema, desgarra, con metódica destreza. Se toma su tiempo, muestra sus armas, y deja que el tiempo instale el terror en el ánimo de su prisionero.

Vicente permanece mudo, aterrorizado, impotente. Su mutismo no sólo se debe a la obligada lealtad hacia su amigo, también al desconocimiento de muchos de los hechos. Tal vez ese hombre no sea en realidad un eslabón de la cadena que conduce a su víctima, empieza a sospechar Natacha; pero Sergei seguirá confiando en el milagroso poder de sus puños para desatascar los silencios más pertinaces.

Así que todo sigue bajo el mismo patrón establecido durante la siguiente sesión, aunque ella disminuye su seguridad a medida que él incrementa el sadismo de la tortura. Son dos formas de expresar una impotencia, que Vicente sabría identificar si no estuviera a punto de desmayarse.

El último directo a la mandíbula le arranca a Vicente dos muelas y vuelca la silla a la que permanece atado, quedándose inerte en el suelo sobre el charco de su propia sangre.

jueves, julio 24, 2008

Largo de contar


Ahora es Marisa quien se detiene, piensa: ¿Es posible que esté hablando del mismo Ramón? Un estremecimiento le recorre la espina dorsal, los recuerdos duelen. A pesar de todo, Marta le resulta simpática, y siente un deseo intenso de ayudarle en su búsqueda, pero sabe que eso podría ser muy peligroso para su amigo. Por un instante casi cae en la tentación de contarle todo lo que sabe, pero finalmente vence su lado práctico, profesional, frío. Aún así decide tranquilizarla.


- Me temo que no te puedo ayudar mucho, Marta - le dice en tono cariñoso. Ramón no está en Madrid, y yo ni siquiera sé donde está, aunque me consta que está bien. ¿Sabes lo que es un testigo protegido?

- Si, más o menos, pero yo creía que aquí no existía eso, que era algo propio de películas americanas.

- No se le da publicidad, como es lógico, pero existen unos cuantos, y Ramón es uno de ellos. Ahora vive en otro país, con otra identidad, y solamente una persona conoce su paradero. Aunque quisiera, no podría averiguarlo.

- Pero, ¿por qué? ¿qué hizo? ¿en que lío se metió?

- Uf, es largo de contar, resuella Marisa. Resumiendo, se encaprichó de alguien que no le convenía, una pesona involucrada en una oscura historia de espionaje y crímenes.

Marta tuerce el gesto, apoya en su mano el peso de la cabeza y comprime la mandíbula. Es la forma que tiene de morderse la lengua. La explicación de Marisa le ha parecido escasa y poco convincente, y le tiene algo irritada pues piensa que la mujer no le ha dicho todo lo que sabe, y ella ha hecho muchos kilómetros para tan poca cosa. Intentará sacarle más información, aunque es consciente de que no va a resultar fácil.

- Marisa, dime una cosa: Si no sabes donde está Ramón, ¿cómo sabes que está bien?


sábado, mayo 31, 2008

El cofre de su pensamiento


Y entonces Marta se detiene, medita. ¿Por qué tiene que contarle a aquella desconocida lo que guarda dentro de su corazón? ¿Qué puede perder con ello? Baraja esas dos opciones rápidamente y decide: se va a sincerar.
Una vez roto el silencio, violado el cerrojo del cofre de su intimidad, las palabras salen con fluidez, como si sus pensamientos hubieran estado largo tiempo esperando escapar del laberinto de su cerebro materializándose en forma de ondas acústicas efímeras y fugaces.


"Es difícil de explicar. Hubo un tiempo que intenté alejar a Ramón de mis pensamientos, de mi vida, como si él no hubiera pasado por ella nunca. Me pesaba la indiferencia de los últimos tiempos, la falta de comunicación, la ausencia total de cariño.

Tuve alguna aventura, escarceos que nunca llegaron a convertirse en algo serio. No deseaba implicarme con nadie, y terminaba antes de que nada pudiera empezar. Así pasaban los días, y mi objetivo de eliminar a Ramón de mi mente se iba cumpliendo, pero con su recuerdo iba muriendo también el rencor, ese escondido sentimiento que en el fondo tenía, aunque deseara negármelo. Esa lenta asimilación de la ruptura, pues en el fondo no era otra cosa, trajo la paz a mi espíritu, y durante unos meses fui feliz. Estaba sola, pero feliz.

Un día salí con compañeros de trabajo. Era una cena de empresa, ya sabes. Bebimos un poco, y yo me puse melancólica. Sin saber cómo, enmedio de una canción, Ramón volvió, y sentí pena. Por primera vez en mucho tiempo le eché de menos.

Durante unos días, luché contra la tentación de llamarlo. Mejor dejarlo todo como está, pensaba. El ya no querrá saber nada más de mí, me decía. Supongo que temía encontrarme de nuevo con su indiferencia, o con su rechazo. No sabía si mi autoestima podría soportarlo.

Pero, al final, no pude resistir: cogí el teléfono y llamé. No hubo respuesta. Le envié un e-mail. Tampoco. Y entonces empecé a preocuparme. Pedí unos días de vacaciones, hice las maletas, y aquí me tienes."