miércoles, octubre 21, 2009

A vida o muerte


En el Gregorio Marañón cada segundo cuenta. Los auxiliares corren empujando la cama, balanceándose los goteros con furia. El cirujano revisa el material de prisa, pide los guantes, se ajusta el delantal y se ciñe una máscara. Los ayudantes se mueven con una rapidez y precisión labradas por años de experiencia, aunque entre ellos siempre se mezcla algún novato, médico o auxiliar, que estorba un poco el ritmo trepidante pero armonioso del trabajo. Cuando el paciente llega, todo está preparado para una intervención rápida.

Desesperante hubiera sido la espera, si alguien aguardara en la sala, pero está desierto el local donde habitualmente anida la impaciencia, y, en cambio, el tiempo del quirófano se mide con otra vara, o mejor dicho, con otro diapasón. En términos absolutos, han sido cerca de cinco horas de operación, un trabajo sofisticado y duro, pero gratificante.

El cirujano todavía no es consciente del cansancio que lleva encima, sólo intuye el éxito de su buen hacer, que deberá pasar todavía por el examen del post operatorio. Si éste complica con alguna infección, o el paciente no termina de recuperarse pronto de la debilidad causada por la pérdida de sangre, todo el trabajo podría irse al traste.

Sin embargo, él sonríe optimista. Apostaría diez a uno por la supervivencia del hombre que ha centrado sus pensamientos las últimas horas, piensa mientras se cambia de ropa.



domingo, octubre 11, 2009

Intercambio de cromos


Marisa se ha hecho muchas veces esa pregunta, y no siempre se ha respondido de la misma forma, pero siempre dentro de la horquilla del sin condiciones al como se quiere a un amigo. Aunque a veces, cuando su amor le parecía un sueño inalcanzable, se consolaba mintiéndose a sí misma, ella conoce de sobra la verdad y sospecha, además, que Marta la intuye; pero no va a confesar a esa mujer, a las primeras de cambio, lo que se ha negado a sí misma, y también a Ramón, durante tanto tiempo.

-¿Tú que crees?- pregunta, afirmando con la mirada.

Marta, que comprende, le sigue el juego. Asimila la respuesta sabedora de que está de más seguir por ese camino. Marisa ha llegado al límite de confidencias del día, y se necesitaría una amistad más fuerte para satisfacer plenamente su curiosidad. Tal vez haya oportunidad más adelante.

- Bueno, no importa. Perdona si te he molestado.

- No, no me has molestado. Estoy un poco cansada, eso es todo -dice Marisa en tono conciliador.

- Sí, ha sido un día agotador. Yo también estoy muerta. Creo que me voy a ir al hotel. Necesito descansar y ordenar mis ideas. Mañana vuelvo a Huesca.

- ¿Nos veremos antes? -pregunta Marisa.

- Posiblemente no, pero ¿quién sabe? Tengo que comprar el billete de tren todavía. Por si acaso, déjame tus datos.

- Mejor me das el nombre del hotel y tu habitación. Te dejaré un sobre con mi teléfono móvil, la dirección de correo electrónico, el apartado postal del que te he hablado y las instrucciones para comunicarte conmigo. Ya sabes que no debes utilizar el teléfono ni el correo electrónico para hablarme de Ramón, pero llámame si tienes que venir a Madrid por algo, y tienes tiempo para comer o tomar un café aunque sea.

Marta hurga en el bolso, saca una libreta y anota con cuidada letra su número de móvil, la dirección de correo electrónico, y el número de habitación del hotel. Se despiden con dos besos, y ya en la calle marca el número de su taxista favorito.



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