miércoles, septiembre 10, 2008

Atado de pies y manos

Mientras todo esto ocurre, no muy lejos de allí se está llevando a cabo un interrogatorio mucho menos amable. Vicente, atado de pies y manos a una silla, con un ojo a la funerala y el escozor de varios cigarrillos apagados en su cara, aguarda la siguiente pregunta o el próximo golpe.


Ella plantea las cuestiones con la dureza de su acento eslavo, apoyando con el frío de su mirada azul. El solamente golpea, retuerce, quema, desgarra, con metódica destreza. Se toma su tiempo, muestra sus armas, y deja que el tiempo instale el terror en el ánimo de su prisionero.

Vicente permanece mudo, aterrorizado, impotente. Su mutismo no sólo se debe a la obligada lealtad hacia su amigo, también al desconocimiento de muchos de los hechos. Tal vez ese hombre no sea en realidad un eslabón de la cadena que conduce a su víctima, empieza a sospechar Natacha; pero Sergei seguirá confiando en el milagroso poder de sus puños para desatascar los silencios más pertinaces.

Así que todo sigue bajo el mismo patrón establecido durante la siguiente sesión, aunque ella disminuye su seguridad a medida que él incrementa el sadismo de la tortura. Son dos formas de expresar una impotencia, que Vicente sabría identificar si no estuviera a punto de desmayarse.

El último directo a la mandíbula le arranca a Vicente dos muelas y vuelca la silla a la que permanece atado, quedándose inerte en el suelo sobre el charco de su propia sangre.