sábado, mayo 31, 2008

El cofre de su pensamiento


Y entonces Marta se detiene, medita. ¿Por qué tiene que contarle a aquella desconocida lo que guarda dentro de su corazón? ¿Qué puede perder con ello? Baraja esas dos opciones rápidamente y decide: se va a sincerar.
Una vez roto el silencio, violado el cerrojo del cofre de su intimidad, las palabras salen con fluidez, como si sus pensamientos hubieran estado largo tiempo esperando escapar del laberinto de su cerebro materializándose en forma de ondas acústicas efímeras y fugaces.


"Es difícil de explicar. Hubo un tiempo que intenté alejar a Ramón de mis pensamientos, de mi vida, como si él no hubiera pasado por ella nunca. Me pesaba la indiferencia de los últimos tiempos, la falta de comunicación, la ausencia total de cariño.

Tuve alguna aventura, escarceos que nunca llegaron a convertirse en algo serio. No deseaba implicarme con nadie, y terminaba antes de que nada pudiera empezar. Así pasaban los días, y mi objetivo de eliminar a Ramón de mi mente se iba cumpliendo, pero con su recuerdo iba muriendo también el rencor, ese escondido sentimiento que en el fondo tenía, aunque deseara negármelo. Esa lenta asimilación de la ruptura, pues en el fondo no era otra cosa, trajo la paz a mi espíritu, y durante unos meses fui feliz. Estaba sola, pero feliz.

Un día salí con compañeros de trabajo. Era una cena de empresa, ya sabes. Bebimos un poco, y yo me puse melancólica. Sin saber cómo, enmedio de una canción, Ramón volvió, y sentí pena. Por primera vez en mucho tiempo le eché de menos.

Durante unos días, luché contra la tentación de llamarlo. Mejor dejarlo todo como está, pensaba. El ya no querrá saber nada más de mí, me decía. Supongo que temía encontrarme de nuevo con su indiferencia, o con su rechazo. No sabía si mi autoestima podría soportarlo.

Pero, al final, no pude resistir: cogí el teléfono y llamé. No hubo respuesta. Le envié un e-mail. Tampoco. Y entonces empecé a preocuparme. Pedí unos días de vacaciones, hice las maletas, y aquí me tienes."


domingo, mayo 11, 2008

Mano a mano


Cambiamos de escenario. No importa demasiado como han llegado hasta el apartamento de Marisa, pero el caso es que están allí, solas, sin más testigos que el aire denso que llena la sala.
En los preámbulos de la conversación se estudian disimuladamente; tratan de detectar en sus gestos muestras de desconfianza, de temor, o de predisposición a la mentira. Marisa intenta aligerar la tensión con un café, con una sonrisa; y durante un tiempo muy breve mantienen una conversación banal, pero tras los primeros sorbos, Marta comienza la charla trascendente.
- Marisa, ¿de qué me conoces? -pregunta Marta con la ansiedad en los ojos.
- Realmente de nada, Marta. -contesta Marisa sin pensarlo apenas. Ramón me habló de ti hace tiempo, y por una extraña intuición pensé que la persona que lo buscaba podías ser tú.
- ¿Ramón hablaba de mí? ¿Qué te contó? - preguntó Marta algo perpleja.
- Sí, hablaba de ti. Cuando yo lo conocí no hacía mucho que lo habíais dejado. El sentía ciertos remordimientos por la forma tan brusca que tuvo de despedirse, y además, aunque no lo creas, tardó cierto tiempo en asimilar vuestra ruptura. No fue fácil para él.
- Pues te diré una cosa. Visto con el tiempo no fue una mala forma de terminar. Los dos sabíamos que ya no existía nada entre nosotros, que lo mejor era dejarlo. Lo que menos necesitábamos era una larga sesión de explicaciones y reproches.
- Entonces... ¿por qué estás aquí?

martes, marzo 25, 2008

Persecución


Marta se asió fírmemente al asiento trasero, bien segura de sí misma. No se había parado a pensar para qué empezaba esa loca persecución. No tenía tiempo. Era hora de tomar decisiones firmes, sin plantear los porqués, dejándose llevar por la intuición.

Su aparente seguridad se tambaleó al mismo tiempo que su cuerpo con los primeros acelerones y giros bruscos del coche, pero entonces tampoco podía pensar. Bastante tenía con aguantar las arcadas que le sacudían esófago arriba, esófago abajo.

Todo fue relativamente bien hasta la M-30. Allí se impuso la velocidad punta del Mercedes negro, que poco a poco fue sacando unos importantes metros de ventaja. Un camión adelantando los bloqueó unos segundos decisivos, y perdieron definitivamente la silueta del coche.

El taxista, desvió su automóvil por la primera salida y paró en el arcén.

- ¡Mierda! Se nos han escapado los hijos de puta, exclamó golpeando el volante con ambas manos.

- ¡Puagggg!, se escuchó desde atrás, mientras Marta echaba la pota junto a la puerta.

En esos trances estaban cuando otro coche negro con cristales tintados paraba delante de ellos, cortándoles la salida.

Todavía agachada, con la cabeza sujeta con ambas manos, Marta vio una sombra femenina sobre los restos de su vomitera. Su mirada desenfocada por las lágrimas tardó en distinguir la figura, pero antes la voz cálida de la mujer se dirigió a ella con desacostumbrada familiaridad.

- Tú debes ser Marta, ¿no? ¿Te encuentras bien?

Ella dijo sí con la cabeza, incorporándose, con un interrogante en la mirada, pero la mujer se anticipó a la probable pregunta.

- Mi nombre es Marisa.



miércoles, noviembre 28, 2007

Vamos de paseo

Una fotografía de Leo Matiz, tomada de www.asofoto.com

Marta no tuvo que esperar mucho. Apenas llevaba unos minutos sentada, hojeando una revista, cuando salió Vicente, acompañado muy de cerca por los dos rusos. Se disculpó con una sonrisa forzada, encogiéndose de hombros, y ella hizo un ademán de levantarse para pedir más explicaciones; pero Sergei apretó el puño dentro de su bolsillo derecho y se acercó aún más a Vicente. Marta se dio cuenta del gesto y se dejó caer en el sillón paralizada.

El trío atravesó la puerta a toda prisa, pero todavía le quedaba un trecho andando hasta el coche. Afuera, muchos ojos los observaban, los diferentes actores se revolvían icómodos dentro de los papeles asignados, y el operativo de persecución empezaba a ponerse en marcha: los walkies echaban humo, los coches aletargados despertaban. Empezaba la acción.

Marta tardó un poco en reaccionar, pero cuando se sintió a salvo, una extraña tranquilidad y una firme decisión reemplazaron el nerviosismo de la escena anterior. Hurgó en el bolso y encontró un papel medio arrugado: era el número de teléfono del taxista que le había llevado al hotel la primera noche de su estancia en Madrid. Tecleó deprisa, con precisión mecanográfica, los nueve dígitos del móvil del peseto, pero no tuvo que esperar ni dos tonos para escuchar el peculiar acento del hombre con el ruido de circulación al fondo. En sólo un minuto estaba en la puerta de la inmobiliaria.

El taxista le recibió pagado de sí mismo, como reciente triunfador de alguna prestigiosa competición deportiva, y quiso demostrarlo haciendo uso de su habitual verborrea; pero Marta le cortó en seco:

- No me cuentes milongas ahora. ¿Has visto aquel coche negro?

- ¿El de la rubia?

- Sí, ese. Síguelo de cerca pero que no se note. Como en las películas, ¿entiendes?

- Ok, jefa. No verán ni nuestra sombra.

- Pues calla, y conduce.

martes, noviembre 06, 2007

El campo de batalla


A la hora señalada los combatientes estaban apostados en sus puestos; las miradas vigilantes, tensas; los músculos preparados para dar rápida respuesta a los impulsos; las armas, aunque escondidas, cargadas y dispuestas para ser usadas. Todo este despliegue de medios pasaba inadvertido a los viandantes que recorrían la calle donde se encontraba la inmobiliaria -el improvisado campo de batalla-, que no observaban más que a un grupo de hombres con gafas oscuras charlando animadamente, y una pareja de enamorados abrazados en un banco, al otro lado de la calle.

Marta pasó delante del batallón de bienvenida sin despertar la mínima sospecha, con la mente pensando en utilizar nuevas dotes de persuasión que le permitieran conocer algo sobre el paradero de Ramón, pues la reunión del día anterior, con la secretaria del jefe, había sido totalmente inútil. Ahora pensaba exigir una entrevista con el responsable de la inmobiliaria, y conseguir, al menos, una dirección, un número de teléfono, algo para seguir buscando. El tiempo se estaba agotando.

Natacha y Sergei siguieron los mismos pasos de Marta unos minutos después, pero con efecto muy diferente entre los agentes. La chica se deshizo del abrazo para sacar el teléfono móvil, y simular una llamada, mientras éste se empeñaba en rodear su cintura con los brazos, ahora desocupados, en una postura algo forzada. El grupo de amigos interrumpió la charla, y se disgregó en tres partes, tantas como vías de escapatoria ofrecía el local.

Sergei, como de costumbre, estaba irritado, dando por hecha la negativa que esperaba recibir, mientras Natacha, en cambio, estaba alerta, pues notaba movimientos extraños que le sugerían claramente que algo iba mal. Observaba disimuladamente a cada una de las personas con las que se cruzaba, intentando captar algún rasgo sobresaliente que destacara. De todas, la que más le llamaba la atención era la chica que acababa de entrar en la oficina y se disponía a entrevistarse con el director. Era Marta.

El despacho del director no era muy amplio, pero sí bastante cómodo. Pintado en colores cálidos, para dar sensación de amplitud, y añadir un poco de la luminosidad que le restaba la ausencia de ventanas. El mobiliario no era recargado; tan sólo la mesa principal y un par de mullidos sillones, una estantería con unos pocos cartapacios, y una gran planta formaban toda la decoración. Marta y su interlocutor intercambiaron los correspondientes saludos de cortesía, mientras ella dejaba la chaqueta en el respaldo, y se sentaba en uno de los sillones, cuidando de cruzar escrupulosamente las piernas. La cara del hombre le resultaba familiar.

- Yo a usted le conozco de algo. -le soltó rápidamente, casi sin respirar-

- Pues no sé -dijo él- La verdad, ahora no caigo. Permítame que me presente. Mi nombre es Vicente...

- ¡Claro, Vicente! ¡Cómo no te he reconocido antes! Tú eres amigo de Ramón. Pero... ¿qué haces aquí? ¿Tú no trabajabas en una embajada, o algo así?