miércoles, noviembre 28, 2007
Vamos de paseo
martes, noviembre 06, 2007
El campo de batalla

A la hora señalada los combatientes estaban apostados en sus puestos; las miradas vigilantes, tensas; los músculos preparados para dar rápida respuesta a los impulsos; las armas, aunque escondidas, cargadas y dispuestas para ser usadas. Todo este despliegue de medios pasaba inadvertido a los viandantes que recorrían la calle donde se encontraba la inmobiliaria -el improvisado campo de batalla-, que no observaban más que a un grupo de hombres con gafas oscuras charlando animadamente, y una pareja de enamorados abrazados en un banco, al otro lado de la calle.
Marta pasó delante del batallón de bienvenida sin despertar la mínima sospecha, con la mente pensando en utilizar nuevas dotes de persuasión que le permitieran conocer algo sobre el paradero de Ramón, pues la reunión del día anterior, con la secretaria del jefe, había sido totalmente inútil. Ahora pensaba exigir una entrevista con el responsable de la inmobiliaria, y conseguir, al menos, una dirección, un número de teléfono, algo para seguir buscando. El tiempo se estaba agotando.
Natacha y Sergei siguieron los mismos pasos de Marta unos minutos después, pero con efecto muy diferente entre los agentes. La chica se deshizo del abrazo para sacar el teléfono móvil, y simular una llamada, mientras éste se empeñaba en rodear su cintura con los brazos, ahora desocupados, en una postura algo forzada. El grupo de amigos interrumpió la charla, y se disgregó en tres partes, tantas como vías de escapatoria ofrecía el local.
Sergei, como de costumbre, estaba irritado, dando por hecha la negativa que esperaba recibir, mientras Natacha, en cambio, estaba alerta, pues notaba movimientos extraños que le sugerían claramente que algo iba mal. Observaba disimuladamente a cada una de las personas con las que se cruzaba, intentando captar algún rasgo sobresaliente que destacara. De todas, la que más le llamaba la atención era la chica que acababa de entrar en la oficina y se disponía a entrevistarse con el director. Era Marta.
El despacho del director no era muy amplio, pero sí bastante cómodo. Pintado en colores cálidos, para dar sensación de amplitud, y añadir un poco de la luminosidad que le restaba la ausencia de ventanas. El mobiliario no era recargado; tan sólo la mesa principal y un par de mullidos sillones, una estantería con unos pocos cartapacios, y una gran planta formaban toda la decoración. Marta y su interlocutor intercambiaron los correspondientes saludos de cortesía, mientras ella dejaba la chaqueta en el respaldo, y se sentaba en uno de los sillones, cuidando de cruzar escrupulosamente las piernas. La cara del hombre le resultaba familiar.
- Yo a usted le conozco de algo. -le soltó rápidamente, casi sin respirar-
- Pues no sé -dijo él- La verdad, ahora no caigo. Permítame que me presente. Mi nombre es Vicente...
- ¡Claro, Vicente! ¡Cómo no te he reconocido antes! Tú eres amigo de Ramón. Pero... ¿qué haces aquí? ¿Tú no trabajabas en una embajada, o algo así?
miércoles, octubre 24, 2007
Después de tanto tiempo
El timbre de la voz le levantó de los mullidos colchones de golpe, y notó que su corazón empezaba a latir con más fuerza. Rebobinó la cinta varias veces, y escuchó el mensaje incrédula hasta que se hizo a la idea. El contenido no admitía demasiadas dudas, pero ella, después del tiempo transcurrido, había alimentado la idea de que nunca se iba a producir el aviso; y ahora, de golpe, aparecía una fisura en el impenetrable muro de su secreto. De ella dependía que esa grieta se ensanchara o se quedara allí como un aviso, como una visible señal de que jamás había que bajar la guardia. Era necesario moverse de prisa, sin dejar pasar un instante más. Había que sacar a pasear a los perros, sí, pero a los mejores, los más sagaces y silenciosos, los que eran capaces de encontrar en una brizna de hierba una pista segura para seguir. Lejos, muy lejos, quedaban ya los verdes jardines, el rumor de las aguas, los puestos de fresas, la tranquilidad de la sombra de los plátanos. Ahora, su ritmo era frenético, sus manos se movían deprisa del fondo del bolso a las teclas del teléfono móvil, sus pies recorrían nerviosos los escasos metros del pasillo, su cara se contraía en mil muecas mientras repartía órdenes, organizaba puestos de vigilancia, establecía sistemas seguros de comunicación.
Eran más de las doce cuando terminó de preparar la estrategia del día siguiente, pero todavía quedaba algo: tenía que despertar un alma dormida, visitar a su viejo amigo y ponerle en guardia de la forma más sigilosa posible. Era hora de volver a saber de él, y sabía de sobra que le dolería, pero no quedaba otro remedio. La curiosidad le mataba, al mismo tiempo que le envolvía la nostalgia. No sabía si dejar un corto comentario en su blog o recrearse en los textos escritos en su autoimpuesta ausencia. ¿Qué le iba a decir después de tanto tiempo?
miércoles, octubre 17, 2007
El despertar de la bestia
Imagen tomada de www.elfrascodelodio.comFue abandonar Marta la casa y sonar el timbre. Salió de nuevo la mujer a recibir, pero enseguida torció el gesto. Enfrente se encontraba una escultural rubia altísima y guapísima, que a duras penas conseguía ocultar a un malhumorado varón de rostro amenazante. A pesar de los buenos modales de la chica, y de su desenvuelto castellano, la señora de la casa no se terminaba de fiar, confiando en un sexto sentido que captaba el contraste entre la suavidad de los rasgos de la cara de la muchacha y la fuerte musculatura que adivinaba en sus anchos hombros y en su pose decidida y desenvuelta. El recelo se agudizó cuando apareció su marido, al que la vista le anuló rápidamente el resto de sentidos. Esta vez fue él quien les hizo pasar.
Natacha llevaba una minifalda no muy corta, pero el incómodo sofa, más bajo de lo normal, contribuyó a subirla un poco más de lo normal, mostrando algo más de la invisible línea que convierte unas piernas bonitas en una peligrosa tentación. No lo hacía a propósito, pero sabía el efecto que causaban sus largas extremidades juntas en lucha por perder la violencia de esa forzada postura, y esta vez pensaba aprovecharlo aumentándolo con unas gotas de alcohol. Por eso aceptó la copa que el hombre le ofrecía: confiaba en que su efecto conseguiría vencer aún más la natural resistencia del hombre a contar detalles incómodos sobre su casa a dos perfectos desconocidos.
Sin embargo había poco que contar, más o menos lo mismo que había escuchado Marta de su esposa unos minutos antes, pero con menor abundancia de detalles, pues el hombre no estaba tan al tanto de los cotilleos de la finca, por lo que sabía bastante menos de Ramón y sus antiguas aventuras en su ahora apacible piso. Convencidos de que aquella simpática pareja de ancianos no conocía realmente el paradero de la mujer que buscaban, se apresuraron a anotar la dirección de la agencia, y se despidieron con pocas alegrías.
Al llegar a la agencia se cruzaron con Marta, que acababa de salir. Era la segunda vez que se la encontraban en tan solo una hora, aunque ninguno de los tres se apercibió de aquella extraña coincidencia. Tampoco les alarmó el hecho de que les atendiera el director del establecimiento en lugar de cualquiera de sus empleados. El hombre, impecablemente vestido con un traje chaqueta gris, camiseta negra ceñida, sin corbata, y zapatos negros relucientes, les atendió con una amplia sonrisa, que destacaba sobre su cara más morena de lo habitual para aquellas fechas:
- Me ha dicho mi secretaria que están interesados en comprar el piso que tienen alquilados los señores Muñiz -dijo el director-
- Sí -respondió Natacha- Estamos recién casados y vamos a residir una buena temporada en España. Una amiga nuestra estuvo viviendo allí y nos habló muy bien del piso. Nos hemos llevado una desilusión al ver que estaba ocupado.
- Sí, está alquilado a estos señores, pero además el piso no está en venta. Tenemos otros que, sin duda, les pueden interesar. Si quieren, se los puedo mostrar.
- No le digo que no, pero venimos de aquel piso y nos ha gustado. Quisiéramos hablar con su propietario para ver si cambia de opinión. Estamos dispuestos a pagarlo muy bien.
- Me temo que no será posible. No estoy autorizado a facilitarles sus datos. Ya saben, esto es una agencia inmobiliaria, y nuestro negocio es precisamente hacer de intermediarios entre los compradores y vendedores de pisos. Tengo instrucciones muy precisas de lo que puedo y no puedo hacer, y entre ellas no está la venta del piso. No obstante, podría comentarlo con el propietario. ¿Han pensado en alguna cifra?
- Pongamos 700.000 €.
- Es una cifra muy tentadora -dijo el director arqueando las cejas- para un piso de 90 metros cuadrados con más de 40 años de antigüedad. Pasen mañana a esta hora y les diré algo -comentó- mientras se levantaba y tendía la mano para estrecharla, como signo inequívoco de que la entrevista había terminado.
El director esperó un tiempo prudencial, después de que la pareja se marchara, y descolgó el teléfono. Pulsó los nueve dígitos de un número que sabía de memoria, aunque no lo había utilizado nunca hasta ahora. Al otro lado, sabía que estaría únicamente la fría voz de un contestador automático, donde se informaba sólo del número de teléfono al que se había llamado. Intentando poner la voz más clara y serena posible, dijo el mensaje convenido:
- La bestia está despertando. Sacad los perros mañana a las 12.
jueves, octubre 11, 2007
Inesperada visita
El piso de la Avenida de la Virgen del Puerto, que tantos momentos emotivos e intensos viviera meses atrás, llevaba ya una temporada de tranquilidad, con inquilinos más bien aburridos, entre cuyas aficiones no se encontraba proteger espías a la fuga, resistir silenciosos asedios, o padecer registros a medianoche. La cinta de protección policial hacía tiempo que no guardaba la puerta, y sus paredes tampoco escuchaban susurros de miedo, ni gemidos de placer desbocado salidos de la pasión con que se emplea la vida cuando intuye de cerca a la muerte.
Sin embargo, esa mañana los inquilinos del piso recibieron dos visitas inesperadas en poco tiempo, aparentemente sin ninguna relación entre ellas, o por lo menos eso les pareció a la pareja de jubilados que abrieron la puerta. La primera, una joven bastante guapa, con acento marcadamente maño, y muy buenos modales, les preguntó por un tal Ramón. A la mujer le cayó simpática por aquello que no era de la ciudad, y tenía un aire tan familiar, tan de casa, como el de su hija, a la que veía tan de vez en cuando. Apartó a su marido de un manotazo, y decidió encargarse ella de la visita.
- Pasa, pasa hija. No te quedes ahí -le dijo amable-. Pasa, siéntate, ¿quieres tomar algo?
- No quisiera molestar. Usted tendrá cosas que hacer.
- Nada, nada. Y no me hables de usted. Pasa, pasa, por favor.
Marta entró a la pequeña salita y se sentó en un lado del sofá. Mientras la señora iba a la cocina, ella recorría con la vista cada detalle de la habitación: las cortinas, la estantería, el aparador, el suelo, el sofá, los sillones, la mesa camilla. La decoración había cambiado, pero aquel era el sitio. Sin duda. Algo de Ramón quedaba todavía allí, no sabía muy bien donde, si en las paredes o el suelo, en los muebles que habían sobrevivido o en los marcos de las puertas. Daba igual lo que fuera, todavía se podía respirar un ligero aroma a él; y ese recuerdo tan añorado le hizo estremecer.
La señora hablaba y hablaba sin parar, mientras dejaba el café y las pastas en la mesa baja, acercaba las servilletas y un cenicero.
- No. No fumo, gracias.
- Haces bien, hija. Mi marido fuma y así le va. Cada resfriado que pilla parece una pulmonía. Yo se lo digo siempre: tendrías que dejar de fumar. Cualquier día de estos no sales de esta... A ver, niña, dime: ¿Cómo se llamaba tu hombre? ¿Juan me has dicho?
- Ramón, se llama Ramón.
- Un antiguo novio, supongo. Perdona si me meto donde no me importa...
- Sí, un antiguo novio. Hace que no sé de él. Pasaba por aquí, por Madrid, y me he decidido a visitarlo - mintió Marta - ¿Ya no vive aquí?
- No, aquí no, hija mía - dijo la mujer con un gesto de desolación - Este piso estaba abandonado cuando lo alquilamos. Nos lo consiguió una agencia, pero no llegamos a conocer a su propietario.
- Y ¿no les ha hablado ningún vecino? ¿no sabe dónde ha podido ir?
- Aquí nadie sabe nada. Por lo visto pasó algo. El antiguo propietario, tu chico imagino, se metió en líos o algo así. Nos contaron que la policía selló la puerta un par de veces. Algo turbio, drogas me imagino yo que sería. De repente, desapareció sin dejar rastro.
- ¡Qué raro! Ramón era una persona normal. No tomaba drogas que yo supiera. ¡Si apenas probaba el alcohol!
- Pues no sé. Igual encontró malas amistades. Pero no sé nada de él. Si quieres, te doy los datos de la inmobiliaria que nos alquiló. A lo mejor, ellos saben algo más.
- Sí, por favor.
- Toma nota.



